Cítrico cóncavo
Publicado por torno-sol en 11:05
Si pudiera cogerte entre mis manos,
desvanecería mis suplicios en locura
Si pudiese aprisionarte, te envolvería con sedas
de la India.
Si pudiera apropiarme de tu aliento,
del aire que sé que usan tus pulmones,
caería la propiedad privada.
¿Quién eres cítrico cóncavo?
Eres lo ajeno, lo lejano, lo melancólico.
Eres el sentimiento terrible de no poder apropiarme de ti,
sin ser asesina.
Aquella noche en que te dí la mano,
supe que lo nuestro sería distinto,
porque no eras pertenencia probable.
No vuelas, como los pájaros,
esa no es tu libertad cliché.
Caminas, caminas humano,
conocer el ritmo del suelo,
del tiempo milimétrico.
Y me perturbas,
me perturbas por ese espacio infranqueable
que habrá entre nosotros.
¡Vamos!
que no existe eternidad sincera,
que el tiempo existe más allá de nosotros,
que la vida se entrecruza cuando puede unir sus cabos.
No somos más que fraternos caminantes,
que se aman con locura desmedida,
Naturaleza presente.
Romántica existencia mundana.
A tí, no te quiero compañero.
No te quiero delante, ni atrás.
Tampoco te quiero al lado, ni al otro.
No te quiero en el espacio finito,
no te quiero en el punto cardinal donde se ubican los humanos.
No quiero darte nombre adjetivado,
ni curriculum, ni ficha técnica.
Quiero tu compañía, eso sí.
Que disfrutes mis momentos y yo disfrute los tuyos.
Pero no te regalo mis luchas,
las conservo finitas.
Eres el boceto eterno,
dibujado en la croquera juvenil.
No te quiero cuadro terminado,
no te quiero en el museo del louvre.
M.A.N.Z.A.N.A
Publicado por torno-sol en 18:21
Basta ya de los derechos universales!
Páginas escritas en su nombre,
siglas magnánimas, entre ONU, OCDE, IPB.
Yo protesto contra las siglas,
protesto contra la educación, la salud, la vivienda.
Yo protesto porque quiero estudiar en casa,
no quiero medicarme con fármacos que no sean aguita de ruda,
y detesto las casas chubi, las cajas de fósforo.
Quiero que me devuelvan el cielo,
el derecho a leer un libro,
el derecho a hacer el amor en la calle, en las plazas.
¡Yo protesto contra los derechos universales!
derechos estatales que me perturban.
Porque el otro día, salí a la calle por la mañana
me comí una manzana mientras me asoleaba
y pensé que por eso valdría la pena protestar.
El derecho a la manzana jugosa, sensual, prohibida,
a la que le hice el amor una mañana de sol
de agosto
cuando los pájaros cantaban.
Qué el derecho universal,
me devuelva la manzana,
eso no más le pido a los abogados desalmados.
Y llegaste tú con tu autito monono
de cuatro puertas, nave espacial para la familia. Sé que el Transantiago te
aburrió y no te culpo, porque ser sardina no es que digamos de lo más
interesante que te puede pasar. Me
invitaste para ser conmigo, y nos aprendimos una ruta media inventada entre
tanto semáforo hiperquinético. Era
divertido, en especial por tu poca práctica en los asuntos de las naves. Usabas
el freno de mano como quién aplica freno a la bicicleta, y las lucecitas de
viraje las tomabas por luces de navidad, como cuando te quedabas dormida
después de encenderlas mientras tanto yo las miraba, cuando era niña. Y así,
pasamos los días viviendo esa aventura profunda de subirnos al auto e inventar
una historia nueva, radical, en cada callecita de Santiago. Sin embargo, pasó
lo inevitable querida mía, te aprendiste a modo GPS la ruta, dominaste los
lomos de toro, comenzaste a unirte a la vieja y conocida norma de manejar las
luces, y así sin más te mezclaste entre el ritmo maquinado del tránsito, sin
producir travesuras con tus golpes de freno que dejaban bocinas titilando. Y yo, yo me encontré seria, mirando peatones apurados, tachándolos
de imprudentes. Me quedé mirando el frío ajeno con aire de grandeza. Me quedé sencillamente sin camino, sin
espacio, ni tiempo, ni incomodidad en el camino que se dibuja entre la casa y
la Universidad. Fue entonces, así, en un atropello mental, donde me percaté que
jamás había amado tanto estudiar, como cuando pensaba para qué hacerlo en el
vaivén del bus oruga, toda transpirada. No te dije nada para bajarme de tu
auto, porque comprendí desde niña tus cansancios, además era más diplomático
decirte sencillamente: Entro más tarde ma!
Hay veces en que me bajan las
locuras. Cuando tenía seis años, mi mamá no quiso recetarios de hermanitos, entonces me enseñó a hornear queques. Y de ahí en más, todo se volvió un poco
confuso. Después pasé a los panqueques y pronto a las lasañas, para continuar
con las tortillas. Y así, entre mezcla y mezcla y amasar de sentires, un
día se me ocurrió experimentar con chocolate. Y fue encender las nostalgias. Comienza a derretirse
despacito, y de pronto no te das ni cuenta y ya te está removiendo las
historias que tenias calladitas, por ahí. Y te bajan las caricias, las risas y
los llantos. Nada más hace falta tomar un fosforo y ebullir un tantito los
sabores de la vida, para que de pronto te encuentres en un mar de sin sentidos.
Porque los olores, se hacen los tontos la mayoría del tiempo, entre tanto
aerosol y perfume fabricado.
Pero los aromas de verdad, subyacen bajo la piel,
listos para salir un día y tomarte por sorpresa. Te quedas sin saber,
quietecita entre tanto bullicio y te sientes invadida, porque las lágrimas te
brotan confusas, y el cuerpo se te reciente de cansancios escondidos. Y
necesitas sentarte en el sillón, para no cortar el chocolate a lagrimones absurdos.
Y entonces, apareces tú, de improviso y
no preguntas demasiado, te comes las lágrimas
risueño, y dices que están saladitas. Y
te ríes, tal vez porque conoces mis tristezas, y no necesitas que te las cuente
con alguna narración obscena. No quieres saber fechas, ni lugares, ni
direcciones ni versos inventados. Bates el chocolate por mí, hasta que se me
calman los fantasmas, y te recibo a ti entre nuestros silencios que no se
marchitan.
vestidito azul.
Publicado por torno-sol en 17:59
Vestidito azul dando vueltas, piernas tiernas, promiscuas. Se te filtran entre la cremallera, cayendo suaves en unos zapatos delgados, de chiquilla que baila, pero también estaría dispuesta a jugar entre las hojas de un otoño generoso. Las empapas con crema escasa que tal vez robas a tu madre cuando la pillas despistada. Entre ese danzar en trance, te miro, y caigo en cuenta que te amo, te amo porque saldrías con pantuflas a comprar un cigarrillo en la mañana, porque seguramente antes de dormir jamás ocuparías crema lechuga. Debes despertarte con el rímel corrido y los ojos hinchados, y por ahí le sonríes al espejo para burlarte de él, de este mundo tan retorcido. Seguramente te sacas el pijama y te miras al espejo la silueta, te tocas los senos y los haces rebotar con un dedo y luego te ríes. Cuando te lavas el cabello, podría apostar que jamás te sacas bien el shampoo.
Al verte bailar en ese vestido Catalina, te tiraría al pasto y me echaría encima de ti, me gustaría verte los ojos más de cerca, los ojos que nunca nos ven demasiado porque los giramos al horizonte. Sé que en el pasto, me dejarías mirarte bien y que tal vez me tomarías el pelo, y quizás nos robaríamos un beso de improviso, y luego nos sentaríamos e iríamos a robarle la Pilsen a algún chiquillo medio borracho. Conversaríamos de la vida, de la vida fantástica que tenemos cerca, y dejarías de sentirte tan sola entre la gente, porque tendrías la certeza que también le he robado crema a mi madre y que jamás ejercito la entrepierna, porque nos quieren, que nos quieran las verdades, que nos quiera las estrías.
Luego de conocerte Catalina, ya no quisiera volver a esconderlas.
Lampa.-CalyCanto.
Publicado por torno-sol en 22:40
No puedo verte llorar. En ti llora la niña pequeña desde la ventana, viendo partir a la madre. En ti llora mi lágrima eterna. Esa que siento en las mañanas cuando veo a un muchacho con frio, o a la señora friendo las sopaipillas en el carrito, con el habla cortada y el vapor del invierno brotándole desde las entrañas. En ti revive el obrero que se sube a la micro rural, la Lampa- Cal y canto, que reconocía en mi adolescencia, por el andar cansado, y la mochila gastada por el trajín. Ese señor que aprendí a conocer por un fin honestamente práctico, del cual hoy me siento culpable. Mi observación radicaba, en que el obrero jamás llegaba a Santiago, siempre bajaba a la mitad de la Panamericana Norte, y por eso me fijaba en él, porque si me iba cerquita, alcanzaba por lo menos media hora de asiento. De tanto identificarlo, clasificarlo, se me metió en los ojos, me gravé su mirada. En cierto sentido, comencé a pensar que debía pedirle perdón por ser yo la que siempre llegaba a Santiago, por tener la mochila nueva que me compraban mis padres cada año y por abusar de sus cansancios, de sus bajadas antes, para reposar un cuerpo juvenil. ¡Un malsano cuerpo juvenil! Malsano, por cansado. Porque ¡Naciste cansada me dijo un día mi madre! , porque no quería poner la mesa, y era cierto. Ese nacer cansada, me daba vergüenza, porque sabía que no se parecía al cansancio de verdad, el cansancio duro y verdadero del hombre o la mujer que trabajan. Entonces a veces, miraba mis manos, tan pulcras, pues había heredado las manos largas y los dedos formaditos de mi madre, y jamás me había mordido las uñas, porque no tenía hijos que alimentar, ni gastos que suplir. En mí reposaban las preocupaciones, estaban dormidas. Tal vez algún día renacerían luego de años de silencio. Pero no era probable, porque mi micro siempre era la que llegaba a Santiago, mi jumper enarbolaba la insignia emblemática capitalina, de la mujer del futuro. O al menos así decían en los discursos inaugurales. Y la mujer del futuro no tiene olor a fritanga en la sangre, en general ocupa Chanel n 5, camina altanera y usa medias en invierno. Una de esas sería yo. Pero entre tanto viaje, entre el balanceo constante de la micro provincial, en medio de los olores a gasolina en que vive este pueblo cansado, había aprendido una cosa: A ti, no podía verte llorar.
Y entonces me encontré el sol esa tarde, cuando ya estaba destruida, cuando mi genética derrotada no había podido derribar la amargura. Lo encontré luego de haber tomado toda clase de pósimas y alquimias, de haber probado todas las yerbas de los jardines flotantes. Caminando un poco luego de los edificios, lo había pillado jugando en el cielo. Y dejé caer mi cuerpo exhausto sobre el pasto roído, duro, deshidratado, reposé mi cabello entre la hiedra rendida. Me tiré como quien dona su cuerpo y de pronto la grandeza amarilla, me recubrió de luz, calor y colores bestiales. Y me puse a transpirar, traté de abrir los ojos y no pude porque la luz me quemaba, sentía entre la piel los rayos como bichitos hormigueantes que buscan un camino, y entonces, me convencí que estaba ahí botada, cansada, harapienta, deshecha. Pero estaba, irreparablemente viva.
Estrella polar. No seas tú mi guía, quiero caminar, sin brújula, sin cartografía. Quiero que mi barco surque la tierra finita, caliente, y los océanos gruesos, friolentos.
Deseo quererte, amor, porque no eres ni mi norte, ni mi sur, porque sin ti podría caminar sin sentirme perdida.
Deseo quererte, amor, porque no eres ni mi norte, ni mi sur, porque sin ti podría caminar sin sentirme perdida.
Porque no eres mi voluntad,
no eres mi rosa de los vientos.
Eres lo más simple y lo más amado,
la libertad dando pasos a mi lado.
Datos personales
- torno-sol
- Estudiante de Pedagogía en Historia (Pedagógico) Curso de cerámica grez.
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