Anillo

Algunas veces la miraba laboriosa hacer el catálogo de sus anillos. Los anillos los escondía de mi abuelo, para no tener que contarle que se había comprado uno nuevo. Siendo yo pequeña la miraba contarlos y limpiarlos,  y  ese acto clandestino y furtivo me envolvía en el deseo de poseer uno de esos tesoros.
Antes de venir aquí, al lugar donde se juntan los cóndores con las águilas y se aparean en el “escándalo del sur salvaje con el norte civilizado”, se acercó a mí silenciosa y sin más, me entregó un anillo. Sus ojos me lo dijeron todo aunque sus labios no quisieran oprimirme con palabras de consejo.

Algo de ella se reflejó en mi dedo.

 Nuestras manos se unieron por el anillo, en una fraternidad femenina ingeniosa y poética. No me entregó el anillo que dan las abuelas como una reliquia de tradición o legado. Algo en sus acciones, me hizo sentir que ante sus ojos, yo había ido más allá de los límites, que con el machete del que abre camino, había salido de la ruca-casa a liberar mi cuerpo y el suyo. Mi primer anillo me lo entregó mi abuela y no un futuro esposo, para concederme la memoria de la libertad, que aunque maltratada seguía escondida en los rincones íntimos de las mujeres de mi familia.