Hay veces en que me bajan las
locuras. Cuando tenía seis años, mi mamá no quiso recetarios de hermanitos, entonces me enseñó a hornear queques. Y de ahí en más, todo se volvió un poco
confuso. Después pasé a los panqueques y pronto a las lasañas, para continuar
con las tortillas. Y así, entre mezcla y mezcla y amasar de sentires, un
día se me ocurrió experimentar con chocolate. Y fue encender las nostalgias. Comienza a derretirse
despacito, y de pronto no te das ni cuenta y ya te está removiendo las
historias que tenias calladitas, por ahí. Y te bajan las caricias, las risas y
los llantos. Nada más hace falta tomar un fosforo y ebullir un tantito los
sabores de la vida, para que de pronto te encuentres en un mar de sin sentidos.
Porque los olores, se hacen los tontos la mayoría del tiempo, entre tanto
aerosol y perfume fabricado.
Pero los aromas de verdad, subyacen bajo la piel,
listos para salir un día y tomarte por sorpresa. Te quedas sin saber,
quietecita entre tanto bullicio y te sientes invadida, porque las lágrimas te
brotan confusas, y el cuerpo se te reciente de cansancios escondidos. Y
necesitas sentarte en el sillón, para no cortar el chocolate a lagrimones absurdos.
Y entonces, apareces tú, de improviso y
no preguntas demasiado, te comes las lágrimas
risueño, y dices que están saladitas. Y
te ríes, tal vez porque conoces mis tristezas, y no necesitas que te las cuente
con alguna narración obscena. No quieres saber fechas, ni lugares, ni
direcciones ni versos inventados. Bates el chocolate por mí, hasta que se me
calman los fantasmas, y te recibo a ti entre nuestros silencios que no se
marchitan.