Los ojos pesan ante la muerte. La boca seca lamenta el dolor de los hombros. La razón abandona el cuerpo cuando lo visto no se puede explicar, ni con razones ni con motivos desgastados.
Desde niños nos enseñan la humanidad, y nuestros padres nos hacen militantes de la paz. No sería razonable que nos enseñaran al menos un poco de la guerra? Nos enseñan en las escuelas del mundo el humanismo renacentista, mientras socavan las pinturas, vacían las bibliotecas y violan a la Venus del Nilo. Mientras nos enseñan el cuadro de la Creación nos muestran, ¡ cuando se acuerdan! los bombardeos televisados como juego de Play Station.
Y viene el día del profesor, y nos dan premios por enseñarles a los niños a sueldo de hambre, lo que significa la paz, cuando televisan la guerra. La utopía no existe, si es la paz de los oprimidos, porque el que tiene las armas las dispara y decide comenzar las guerras.
La desesperanza inunda los claveles rojos, los enmascara entre estos mundos que no se miran, que parecen una broma creada para ingenuos.
Nuestra paz es la garantía de su guerra, y no se detendrán por haber tomado conciencia de sus acciones. A ellos no podemos educarlos, pero debemos poder destruirlos.
Ayotzinapa en el corazón.
