Vestidito azul dando vueltas, piernas tiernas, promiscuas. Se te filtran entre la cremallera, cayendo suaves en unos zapatos delgados, de chiquilla que baila, pero también estaría dispuesta a jugar entre las hojas de un otoño generoso. Las empapas con crema escasa que tal vez robas a tu madre cuando la pillas despistada. Entre ese danzar en trance, te miro, y caigo en cuenta que te amo, te amo porque saldrías con pantuflas a comprar un cigarrillo en la mañana, porque seguramente antes de dormir jamás ocuparías crema lechuga. Debes despertarte con el rímel corrido y los ojos hinchados, y por ahí le sonríes al espejo para burlarte de él, de este mundo tan retorcido. Seguramente te sacas el pijama y te miras al espejo la silueta, te tocas los senos y los haces rebotar con un dedo y luego te ríes. Cuando te lavas el cabello, podría apostar que jamás te sacas bien el shampoo.
Al verte bailar en ese vestido Catalina, te tiraría al pasto y me echaría encima de ti, me gustaría verte los ojos más de cerca, los ojos que nunca nos ven demasiado porque los giramos al horizonte. Sé que en el pasto, me dejarías mirarte bien y que tal vez me tomarías el pelo, y quizás nos robaríamos un beso de improviso, y luego nos sentaríamos e iríamos a robarle la Pilsen a algún chiquillo medio borracho. Conversaríamos de la vida, de la vida fantástica que tenemos cerca, y dejarías de sentirte tan sola entre la gente, porque tendrías la certeza que también le he robado crema a mi madre y que jamás ejercito la entrepierna, porque nos quieren, que nos quieran las verdades, que nos quiera las estrías.
Luego de conocerte Catalina, ya no quisiera volver a esconderlas.