vestidito azul.


Vestidito azul dando vueltas, piernas tiernas, promiscuas. Se te filtran entre la cremallera, cayendo suaves en unos zapatos delgados, de chiquilla que baila, pero también estaría dispuesta a jugar entre las hojas de un otoño generoso. Las empapas  con crema escasa que tal vez robas a tu madre cuando la pillas despistada. Entre ese danzar en trance, te miro, y caigo en cuenta que te amo, te amo porque saldrías con pantuflas a comprar un cigarrillo en la mañana, porque seguramente antes de dormir jamás ocuparías crema lechuga. Debes despertarte con el rímel corrido y los ojos hinchados, y por ahí le sonríes al espejo para burlarte de él, de este mundo tan retorcido. Seguramente te sacas el pijama y te miras al espejo la silueta, te tocas los senos y los haces rebotar con un dedo y luego te ríes. Cuando te lavas el cabello, podría apostar  que jamás te sacas bien el shampoo.
Al verte bailar en ese vestido Catalina, te tiraría al pasto y me echaría encima de ti, me gustaría verte los ojos más de cerca, los ojos que nunca nos ven demasiado porque los giramos al horizonte. Sé que en el pasto, me dejarías mirarte bien y que tal vez me tomarías el pelo, y quizás nos robaríamos un beso de improviso, y luego nos sentaríamos e iríamos a robarle la Pilsen a algún chiquillo medio borracho. Conversaríamos de la vida, de la vida fantástica que tenemos cerca, y dejarías de sentirte tan sola entre la gente, porque tendrías la certeza que también le he robado crema a mi madre y que jamás ejercito la entrepierna, porque nos quieren, que nos quieran las verdades, que nos quiera las estrías. 
Luego de conocerte Catalina, ya no quisiera volver a esconderlas.

Lampa.-CalyCanto.


No puedo verte llorar. En ti llora la niña pequeña desde la ventana, viendo partir a la madre. En ti llora mi lágrima eterna. Esa que siento en las mañanas cuando veo a un muchacho con frio, o a la señora friendo las sopaipillas en el carrito, con el habla cortada y el vapor del invierno brotándole desde  las entrañas. En ti revive el obrero que se sube a la micro rural, la Lampa- Cal y canto, que reconocía en mi adolescencia, por el andar cansado, y la mochila gastada por el trajín. Ese señor que aprendí a conocer por un fin honestamente práctico, del cual hoy me siento culpable.  Mi observación radicaba, en que el obrero jamás llegaba a Santiago, siempre bajaba a la mitad de la Panamericana Norte, y por eso me fijaba en él, porque si me iba cerquita, alcanzaba por lo menos media hora de asiento. De tanto identificarlo, clasificarlo, se me metió en los ojos, me gravé su mirada. En cierto sentido, comencé a pensar que debía pedirle perdón por ser yo la que siempre llegaba a Santiago, por tener la mochila nueva que me compraban mis padres cada año y por abusar de sus cansancios, de sus bajadas antes, para reposar un cuerpo juvenil. ¡Un malsano cuerpo juvenil! Malsano, por cansado. Porque ¡Naciste cansada me dijo un día mi madre! , porque no quería poner la mesa, y era cierto. Ese nacer cansada, me daba vergüenza, porque sabía que no se parecía al cansancio de verdad, el cansancio duro y verdadero del hombre o la mujer que trabajan. Entonces a veces, miraba mis manos, tan pulcras, pues había heredado las manos largas y los dedos formaditos de mi madre, y jamás me había mordido las uñas, porque no tenía hijos que alimentar, ni gastos que suplir. En mí reposaban las preocupaciones, estaban dormidas. Tal vez algún día renacerían luego de años de silencio. Pero no era probable, porque mi micro siempre era la que llegaba a Santiago, mi jumper enarbolaba la insignia emblemática capitalina, de la mujer del futuro. O al menos así decían en los discursos inaugurales. Y la mujer del futuro no tiene olor a fritanga en la sangre, en general ocupa Chanel n 5, camina altanera y usa medias en invierno. Una de esas sería yo. Pero entre tanto viaje, entre el balanceo constante de la micro provincial, en medio de los olores a gasolina en que vive este pueblo cansado, había aprendido una cosa: A  ti, no podía verte llorar.

VIVA!

 
 Y entonces me encontré el sol esa tarde, cuando ya estaba destruida, cuando mi genética derrotada no había podido derribar la amargura. Lo encontré luego de haber tomado toda clase de pósimas y alquimias, de haber probado todas las yerbas de los jardines flotantes. Caminando un poco luego de los edificios, lo había pillado jugando en el cielo. Y dejé caer mi cuerpo exhausto sobre el pasto roído, duro, deshidratado, reposé mi cabello entre la hiedra rendida. Me tiré como quien dona su cuerpo y de pronto la grandeza amarilla, me recubrió de luz, calor y colores bestiales. Y me puse a transpirar, traté de abrir los ojos y no pude porque la luz me quemaba, sentía entre la piel los rayos como bichitos hormigueantes  que buscan un camino, y entonces, me convencí que estaba ahí botada, cansada, harapienta, deshecha. Pero estaba, irreparablemente viva.