Y llegaste tú con tu autito monono
de cuatro puertas, nave espacial para la familia. Sé que el Transantiago te
aburrió y no te culpo, porque ser sardina no es que digamos de lo más
interesante que te puede pasar. Me
invitaste para ser conmigo, y nos aprendimos una ruta media inventada entre
tanto semáforo hiperquinético. Era
divertido, en especial por tu poca práctica en los asuntos de las naves. Usabas
el freno de mano como quién aplica freno a la bicicleta, y las lucecitas de
viraje las tomabas por luces de navidad, como cuando te quedabas dormida
después de encenderlas mientras tanto yo las miraba, cuando era niña. Y así,
pasamos los días viviendo esa aventura profunda de subirnos al auto e inventar
una historia nueva, radical, en cada callecita de Santiago. Sin embargo, pasó
lo inevitable querida mía, te aprendiste a modo GPS la ruta, dominaste los
lomos de toro, comenzaste a unirte a la vieja y conocida norma de manejar las
luces, y así sin más te mezclaste entre el ritmo maquinado del tránsito, sin
producir travesuras con tus golpes de freno que dejaban bocinas titilando. Y yo, yo me encontré seria, mirando peatones apurados, tachándolos
de imprudentes. Me quedé mirando el frío ajeno con aire de grandeza. Me quedé sencillamente sin camino, sin
espacio, ni tiempo, ni incomodidad en el camino que se dibuja entre la casa y
la Universidad. Fue entonces, así, en un atropello mental, donde me percaté que
jamás había amado tanto estudiar, como cuando pensaba para qué hacerlo en el
vaivén del bus oruga, toda transpirada. No te dije nada para bajarme de tu
auto, porque comprendí desde niña tus cansancios, además era más diplomático
decirte sencillamente: Entro más tarde ma!
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- Estudiante de Pedagogía en Historia (Pedagógico) Curso de cerámica grez.
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