Caminatas flotantes.



Liviana te despedí esta noche, el conserje se sonrió por nuestras caminatas flotantes cuando bajamos de la azotea, nunca pasamos piola. No queremos artimañas, no queremos decir no cuando sea sí, no queremos sonreír a nadie si no tenemos risa. No queremos hacernos promesas que no podamos cumplir. Queremos los doce segundos que descubriste en la canción del faro, queremos el primer libro que nos regalamos en navidad, el mismo libro elegido por ambos para que el otro lo leyera.

Queremos pelear de vez en cuando, y esforzarnos cada semana por seducirnos de nuevo,
perdernos juntos sin brújula, con la ropa sucia y el alma limpia, con las estrellas y tu persistente herencia piromana que teje fogatas en la noche.

Te quiero ver buscar una vez más los patitos en la mesa, sonreír por tu mochila de veinte kilos y mi mochilita de kinder de 20 gramos.

Te quiero ver cualquier tarde con la camiseta del Tricolor, con la carita asustada antes de salir a la cancha, y dominar la pelota con todos tus jueguitos de pies, y tu cuerpo que lo da todo por una tarde de fútbol con los conocidos de siempre.

Te quiero sonriendo para la selfie imaginaria debajo del arco de troncos y hojas, te quiero en el instante en que intentaste no soltarte del árbol en el tobogán y saliste disparado.

Te quiero regalándole algo pal disfrute a los vecinos de pieza, incendiando de nuevo el navegao con tu encendedor compañero.

Te quiero armando tabacos pa medio mundo, en un relato de juegos enredosos, sin cronologías, ni mapas, ni concesiones. Te quiero amando a la Vila con tu tono de inexplicable, y amándonos a las dos a los sesenta años.

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