Todavía me acuerdo, de las primeras veces, La primera vez que fui a una marcha, lo anoté en un diario de vida que tenía. La primera vez que quise hacer el amor, como a los 14 años, la primera vez que pisé la salita de historia, y sus maravillosas revoluciones incendiarias en las paredes. La primera vez que visitas un lugar, y todo en ti queda conmovido.
La primera vez que escuchas a Silvio en vivo, y odias la horrible hermosura de su existencia. La primera vez que pusimos la ludoteca, el horrible nudo en la garganta, la necedad completa de que la perfección estuviera ahí. La primera vez que amasé y salió masita para modelar, la primera vez que toqué arcilla y los lulos nefastos que aparecieron de la pasta.
La primera vez y sus perfecciones, imperfectas. Algo que he aprendido últimamente es que andamos por la vida, buscando la primera vez, porque en ese instante está dios. Pero la mayoría de las veces, la primera vez es el deseo de ser algo infinito y dulce, algo hermoso pero muy racional, eso me pasa a mí. Las primeras veces, me siento siempre como si tuviera que ganar una batalla. Con la ludoteca, sentí eso. Sentí que tendría que doblegar a los niños, en la lucha por el juego libre. Y estuvo la Amparo, con su irremediable paz mirándome, y tratando de decirme, quizás, que la primera vez es un instante de sin-control, y que no podemos vivir las primeras veces esperando doblegar todo.
La primera vez, es el sonido de las risas de todos nosotros, contenidos en un segundo fugaz y eterno. La segunda vez, es el amor por la vida contenido en el amor que requiere todo, para ser hecho dos veces.
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