Lampa.-CalyCanto.


No puedo verte llorar. En ti llora la niña pequeña desde la ventana, viendo partir a la madre. En ti llora mi lágrima eterna. Esa que siento en las mañanas cuando veo a un muchacho con frio, o a la señora friendo las sopaipillas en el carrito, con el habla cortada y el vapor del invierno brotándole desde  las entrañas. En ti revive el obrero que se sube a la micro rural, la Lampa- Cal y canto, que reconocía en mi adolescencia, por el andar cansado, y la mochila gastada por el trajín. Ese señor que aprendí a conocer por un fin honestamente práctico, del cual hoy me siento culpable.  Mi observación radicaba, en que el obrero jamás llegaba a Santiago, siempre bajaba a la mitad de la Panamericana Norte, y por eso me fijaba en él, porque si me iba cerquita, alcanzaba por lo menos media hora de asiento. De tanto identificarlo, clasificarlo, se me metió en los ojos, me gravé su mirada. En cierto sentido, comencé a pensar que debía pedirle perdón por ser yo la que siempre llegaba a Santiago, por tener la mochila nueva que me compraban mis padres cada año y por abusar de sus cansancios, de sus bajadas antes, para reposar un cuerpo juvenil. ¡Un malsano cuerpo juvenil! Malsano, por cansado. Porque ¡Naciste cansada me dijo un día mi madre! , porque no quería poner la mesa, y era cierto. Ese nacer cansada, me daba vergüenza, porque sabía que no se parecía al cansancio de verdad, el cansancio duro y verdadero del hombre o la mujer que trabajan. Entonces a veces, miraba mis manos, tan pulcras, pues había heredado las manos largas y los dedos formaditos de mi madre, y jamás me había mordido las uñas, porque no tenía hijos que alimentar, ni gastos que suplir. En mí reposaban las preocupaciones, estaban dormidas. Tal vez algún día renacerían luego de años de silencio. Pero no era probable, porque mi micro siempre era la que llegaba a Santiago, mi jumper enarbolaba la insignia emblemática capitalina, de la mujer del futuro. O al menos así decían en los discursos inaugurales. Y la mujer del futuro no tiene olor a fritanga en la sangre, en general ocupa Chanel n 5, camina altanera y usa medias en invierno. Una de esas sería yo. Pero entre tanto viaje, entre el balanceo constante de la micro provincial, en medio de los olores a gasolina en que vive este pueblo cansado, había aprendido una cosa: A  ti, no podía verte llorar.

3 comentarios:

  • Diego Muñoz | 13 de marzo de 2012 a las 6:44

    Cabezadiure, no sé qué decirte. A lo menos te digo que me sorprende que aún me pidas opinión cuando escribes maravillas, y lo mejor, sábes que vas a escribir algo y escribes algo magnífico. Te digo porque a mí los escritos se me salen derrepente y no me doi ni cuenta, jamás puedo anunciar maravillas antes de escribirlas... y cuando anuncio escribo carajos. Me gustó mucho.

  • torno-sol | 13 de marzo de 2012 a las 6:57

    jajaajaj. yo tampoco sé si saldrán, pero es raro, a veces, luego de un día raro, tengo esperanza de escribir algo. xd

  • torno-sol | 13 de marzo de 2012 a las 6:57

    y tú, no te hagai el humilde, que ayer escribiste cosas maravillosas!

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