hojas

Al pasar los vientos, nos ubicábamos bajo la copa atendiendo a cada hoja con un salto mortal, para capturarla en vuelo. Aprendimos el trayecto, según la especie. Las alargadas, recorrían en vuelo arqueado y petulante, las redonditas, planeadoras y tiernas. Las amorfas ofrecían sorpresas de vez en cuando. El catastro herbario era suculento en el Peda. De vez en cuando, las hojas se apropiaban los caminos, se comían el pavimento y lo encerraban en el olvido. Y se perdían los puntos cardinales y ya no había caminos entre los caminos. Nos gustaba el desorden por algún tiempo. Permitíamos la anarquía momentánea de las hojas invasoras, nos prestábamos al lápiz carbón difuminado. Y vagábamos ruidosos por las esquinas perdidas, por las paredes que no tenían nombre. Pasaban los días, y recuperábamos el juicio. Tomábamos los rastrillos, sustraímos alguna palmera escobillón olvidada por lo tíos, y de nuevo el retorno. En un acto de supervivencia superábamos el ataque, y una a una ordenábamos las hojas como montoncitos de azúcar morena. Entre los caminos a lo lejos, se distinguían las montañas fabricadas, las palmeras quedaban cansadas y eramos nosotros. Nosotros, entre abrigos gastados y rastrillos industriales, los que luchaban con el invierno, en el eterno milagro de destruir y abrir caminos. Así, transcurrían los inviernos en el peda-.

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