Pensé que necesitaría una moneda, y atiné a sacarla del chaucherito colorido, era lo que prudentemente hacía mi madre cuando regalaba una moneda. Había aprendido en el juego de su silencio, que si quieres ayudar, debes planificar el acto, cual actor precavido que conoce sus líneas y las declama. Regalar una moneda, podía ser un acto mágico o un acto mundano. No es igual, dar una moneda que se saca del bolsillo fluida, como si hubiese tenido desde siempre destinatario, a hacerlo con todos los contratiempos que implica abrir el bolso, sacar el monedero, encontrar la moneda y darla. Así, con la monedita preparada caminé tímida, cuidando la distancia que me separaba de la abuelita, para poder dársela cuando pasase a su lado. Faltándome algunos escalones, comenzó a mirarme dulcemente, como si mi rostro evocara días felices. No supe que hacer, no me pidió una moneda como pensé que lo haría, entonces avergonzada, descolocada, estiré la mano para pasarle el circulito metálico. Me miró emocionada y se abalanzó sobre mí diciéndome: ¡Cómo se te ocurre Lita!
La sentí tan feliz, que no me importó el olor que se impregna en la piel de la calle, ni sus ropas roídas, ni las miradas furtivas de los demás transeúntes. Me tocó el cabello despacito, casi bendiciéndome y me preguntó cómo había estado la mamá. Le dije que bien, que estaba en la casa haciendo las cosas, que ahora la iría a ver porque había estado todo el día estudiando. Que me iba bien en la universidad, que iba a ser profesora. Se puso tan contenta, me dijo que siempre había sabido que era inteligente, que llegaría lejos. Entonces fui yo quién la abrazó y sutilmente puse la moneda guachita en su delantal. Me dijo que me fuera, que era muy tarde, que andaban los hombres muy malos hoy en día. Le dije que no se preocupara, que me alegraba mucho de verla, que por favor se cuidara. Me alejé viendo su sonrisa de quien encuentra a alguien muy querido, y al llegar al semáforo pensé que tal vez dentro de mí había alguna Lita perdida.

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